jueves, 24 de abril de 2014

Buenos días


El vagabundo lee un periódico de otro tiempo, un escolar le tira una piedrecilla y escapa, sus harapos revestidos de cagada de paloma repelen a la señorita que va a su academia y una señora de brazos adiposos llega con una sonrisa y le obsequia una moneda amarilla.

-Puta hipócrita.

Un hombre de lunes en la mañana, es decir, brillante con corbata y maletín camina a su oficina, va como un animal poderoso entre la gente a la cual él mira con arrogancia, desprecia a los peatones, chatos ridículos, y alza los codos para evitar ensuciar su traje en las cabezas de los colegiales.

-Mereces podrirte aquí, que habrás hecho cuando eres joven, ahora sufres, ahora... -la misma mujer de la moneda-. Por ayudar a estas lacras -Voltea y un fulano la observa-.  Le doy una caridad porque Dios lo exige y este señor me insulta, me dice puta, infeliz zángano.

El viejo aletargado dobla la hoja del periódico y hace como si se limpiara el culo.

La amplia vereda es suya y gesticula al andar -Que mierda de ciudad con tanto indio-. El semáforo abre su ojo rojo y él se adelanta a los automóviles, alza la mano ordenándoles detenerse y cruza la avenida, antes mira con furibundo desprecio al taxista que se ha atrevido a tocar su bocina. Cholo de mierda que te crees.

El policía con voz como un ladrido le ordena levantarse, el anciano como un fantasma se incorpora y la gorda se cubre la boca, asqueada. Recoge sus bolsas y cartones. -Puta fea-. La mujer quiere decirle algo pero el policía gruñe -Váyase mierda-. El vagabundo arrastra su equipaje de basura, mugre y hedor.

Mira su reloj y luego ve el edificio huachafo del poder judicial, sus zapatos acharolados pisan esa calle meada, pero más asco le da mirar a los pequeños ambulantes, pigmeos, que ordenan sus escaparates, asquerosos, feos, rateros...

Rateros, ignorantes, apestosos...no lo ve. Puta, puta, hipócrita... esplende una límpida camisa y ese perfume huele a ángel mientras una arcada le sobreviene al tipo alto al percibir ese caos de olores humanos. Tropieza el uno con el otro y resbalan por el piso recién lavado, alguien ríe con sarcasmo. Nadie les ayuda o intenta hacerlo y luego ambos se levantan, el anciano se sujeta de las solapas del hombre para no perder el equilibrio, el del maletín de cuero enfurecido y avergonzado le empuja. -Suéltame carajo-. El viejo se desmorona con el golpe y cae de nalgas.

Se sacude las mangas y repara los pliegues del saco, viejo mierdoso, oleré a caca todo el día. Ofuscado se acomoda la corbata y se va, detrás el vagabundo ya repuesto se yergue lo más rápido que puede, la rodilla le hinca de dolor, la artrosis le jode las articulaciones y comienza a renguear, persigue al extraño del terno azul.

-Tú, tú, voltea, mírame... -pronuncia con voz ronca pero el tipo del maletín sigue turbado fijándose en los que esperan en las gradas del edificio judicial, cerciorándose que nadie de la oficina le haya visto en esa ridícula circunstancia, sí, le escucha, pero no quiere verle la cara.

La mañana esta preciosa en lo que cabe, pocos vehículos, pocos litigantes aún, los de chalina pasan por la placita y los primeros escribas calientan los dedos tecleando la maquinita de escribir.

El abogado mira atrás y ve a un zombi, le persigue como en las películas, arrastra una pierna y le señala con una mano, aquel rostro de pergamino y esos ojos maléficos de brujo no le asustan pero si lo hace la imaginación. Hablarle a ese infrahumano. ¿Qué quieres? Vete, vete…vete por favor…

-Oye tú -y carraspea-. Mira, mira que tengo -y continua tras él, como hechizado.

Una bandada cubre el cielo, las palomas migran de una iglesia a otra buscando trocitos de pan, bajo ese ruido de batir de alas los dos personajes avanzan con diferentes intenciones.

Suben las gradas y el abogado, trabajador del estado, atraviesa el moderno umbral de cristales y mosaicos y ahí las uñas quebradas y sucias le pellizcan el traje.

-Déjame -el hombre palidece, una venilla se hincha en su sien.

-Mira lo que tengo -le enseña un botón, lo arrancó al tropezar con él.
  
-Ven aquí, ven amiguito –el oficinista encolerizado y sintiéndose absurdo y a la vez temeroso por cualquier reacción de aquel orate de greñas y cicatrices le acompaña. Bajan unos escalones, primero el de los harapos eructa luego le confiesa:

-Mírame hijito, quiero que sepas que te quiero, así como eres, una mierda, no importa, te amo porque eres mi hijo, eres igualito a mí. ¿Quién es este? te preguntaras ahora, soy tu papá, Dios, ese al que le rezan los niños antes de dormir y le tiran piedras luego. Por el que las chicas lindas comulgan preciosas los domingos y mañana te olvidan porque tienen prisa por encontrarse con el novio de la amiga. Ese mismo, el de la barba blanca por el que das limosna pero maltratas con insultos a tu mamá porque se mea y caga y deja apestando la casa, ese mismo Dios que hoy te encontró, te hizo caer y le mandaste a la concha de su madre, lo sé porque te oí, te perdono, porque también es tu madre.

El oficinista sonríe, se aparta y le grita-: ¡Loco hijo de puta!

-Hoy estarás conmigo en mi reino, serás un ángel y entonces te devolveré tu botón –le promete mientras el trabajador sube y desaparece tras la puerta de vidrio.

Entra en su oficina de paredes blancas y muchos portafolios, gira el sillón, enciende la computadora y enfila varios sellos, listo para comenzar su rutina después de ese mal rato.

No lo sabe aún pero hoy lunes a las tres y dieciséis minutos de la tarde morirá, probablemente sea una casualidad que hoy un coagulo de sangre obstaculice una de sus arterias principales y antes de morir varios bolos excrementicios salgan involuntariamente de su cuerpo y piense al final de su vida:


-¿Que pensara la nueva y guapa secretaria al verme retorcido, feo y cagado? Dios mío, Dios mío, no me abandones…

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